Me saco la churra y me masturbo con fuerza por la calle

Deambulo sin rumbo fijo por el centro de la ciudad, tranquilo, sosegado. Miro las caras que aparecen en mi marco visual. Caras cuyos patrones se van repitiendo constantemente. Detecto malformaciones, bellos rostros, asimetrías… Me canso de mirar y ahora es el momento.

Bajo la cremallera de mis pantalones, me saco la churra y me masturbo con fuerza mientras ando. No la tengo muy empalmada pero lo suficiente como para que se note el capullín rosado en contraste con mis pantalones negros. Al principio nadie se da cuenta pero al cabo de los segundos empiezo a oír los grititos agudos de mujeres violentadas, insultos por doquier, exclamaciones indignadas.

No entienden de qué naturaleza es el instinto primigenio que me impulsa. Esa necesidad por mostrar mi lascivia, por atraer a alguna hembra en celo.

Se me pone la cara roja del esfuerzo, poco a poco me voy desnudando. Unos turistas japoneses me sacan fotos. Las madres les tapan los ojos a sus hijos y me gritan para que me vaya de allí. ¿Por qué debería marcharme? ¿No estamos en un país libre? Yo puedo ir donde me venga en gana. Le hago un corte de mangas a la mujer insoportable.

Noto como la erección va tomando fuerza. Esto tal y como se ha empezado debe acabarse.

Tiro al suelo la camiseta, luego los pantalones van cayendo hasta arrugarse en mis tobillos a cada pisada que doy sobre el pavimento de adoquines. Paso junto a tiendas de ropa, zapaterías y más tiendas de ropa. Todo muy chick. Todo muy de alto standing.

Porque esto es lo que quieren que seamos. Una masa consumista. Una marabunta de seres sin cerebro que aplastan sus gordas mejillas contra los escaparates. Antojadizos seres insatisfechos que malgastan su capital en basura confeccionada.

Oh God… Oh God... Esto se está poniendo interesante. Una niña me corta el paso. Está vestida con un chándal rosa chicle, masticando un caramelo de toffe que le mancha los dientes de ocre. Lleva unas gafas de sol pequeñas, el pelo anudado en la nuca y unos auriculares enormes colocados sobre las orejas.

Un señor se apresura y la aparta de mi camino. La niña chilla asustada. El tipo me llama ¡¡¡¡Hijodeputa-desgraciado-malnacido-cerdo-onanista!!!! Y me patea con sus mocasines lustrosos. El muy gordo yerra y se cae al suelo, descompensado y atraído por la gravedad. Le paso por encima y continúo mi camino.

A mi alrededor ejerzo una poderosa fuerza repulsiva. La masa de carne móvil se va abriendo, rodeándome un vacío en forma de óvalo. Abriéndose ante mí, para cerrarse de nuevo.

El éxtasis me impacta en el coco suavemente. No puedo evitar mirar hacia el cielo azul, sin nubes, sólo un potente tono añil que llena mi campo visual, enmarcado por las fachadas de los edificios que se yerguen a ambos lados de la calle.

Más adelante me encuentro con un grupo de jazz callejero. Están tocando una de John Coltrane. Me paro frente a ellos y continúo con mi magreo. Continúo mirando hacia el cielo, concentrado en el placer y en el azul inmenso.

La música cesa poco a poco. Primero muere el saxo, después el bajo y por último el teclista. Me insultan de nuevo. Hoy todo el mundo la ha tomado conmigo, si yo no estoy haciendo nada malo.

En ese momento aparece el clímax que inunda mi molondro de puro placer. Me golpea el encéfalo con poderosa fuerza. Mi visión se ciega por completo, aparecen luces centelleantes y aprieto fuerte mis decrépitas facciones. Me muerdo los labios, inclino la cabeza y me acuclillo por no dejarme caer.

Noto los músculos del suelo pélvico dejarse llevar por las sacudidas. El ano se contrae y dilata rítmicamente, mientras oigo cómo el moco blanco va saliendo flursp flup flup flup por la uretra a fascículos, primero potente, después más suave y en menor cantidad, impactando contra las monedas que hay dentro del forro aterciopelado de la funda de saxo que está abierta en el suelo.

De repente noto un impacto terrible contra la cara. Me caigo de espaldas, aturdido y cegado. Siento el calor de la sangre brotar de mi nariz y de los cortes en las mejillas. Escupo unos cuantos dientes. El sabor ferroso en el paladar me inunda por completo. Esputo la sangre.

De nuevo un impacto, y otro. Las costillas se resienten ante el daño infligido a este pobre diablo sin techo ni familia. ¿Qué mal puede hacerle alguien como yo a esta sociedad decadente? ¿Acaso hay lugar para mí en este escenario apestoso?

Me hago un ovillo. Previendo mi muerte cercana orino y hago de vientre a la vez. El pavimento se impregna de mis fluidos y la pasta cremosa que proyecto por el ano. Olor infame en la pituitaria.

Alguien me tira del brazo y me arrastra por el suelo. Noto cómo se me abre la piel, dejando a la luz la carne que esconde, y el dolor se hace más intenso en los dedos de los pies y las piernas.

Abro mi ojo sano y puedo ver que me hallo en un callejón oscuro. Llega a mi olfato el intenso olor a boquerones adobados. Una bota militar situada junto a mi cara. Miro más arriba y veo que se trata de un policía uniformado.

- Menudo montón de mierda. Así que te gusta masturbarte en público. ¿Eh?

- (…)

- Te he hecho una pregunta, gusano repugnante. – Algo me aprieta la cara contra el suelo, el hijodeputa fascista me está pisando la cara.

- Sí… Es mi pasatiempo favorito.

- Ya podrías dedicarte, no sé, a buscar basura útil en los contenedores de la calle. Ya podrías seguir el ejemplo de todos esos coleguitas tuyos. Los apestosos parias. Se os huele el mojino cagao desde cincuenta metros a la redonda.

- Eso es porque… Porque nadie nos ayuda.

- ¿Qué nadie os ayuda? ¿Qué me dices de los servicios sociales? Lo que pasa es que chusma como tú nunca va a aprender a comportarse cívicamente. Se os da un techo y a los minutos estáis de vuelta en las calles jodiendo el equilibrio.

- Eso no es verdad…

- Claro que es verdad, pedazo de mierda. Se os da dinero y lo gastáis en caballo. Los yonkis como tú deberíais estar todos muertos. Les costáis al Estado millones de euros… ¿Para qué? Yo os convertía a todos en comida para perros, y ni para eso serviríais.

- Seguro que… Seguro que tú no eres uno de esos polis corruptos que se empolvan la nariz a la primera de cambio... Cuando desmanteláis una organización y embargáis un alijo, seguro que os lo montáis en grande… ¿Y tú vas a insultarme? ¿A mí? Mírate primero el ombligo y después si quieres me juzgas, mamón…

En ese momento, en un ataque de ira, me empiezan a llover golpes de porra por doquier. Me hago un ovillo en el suelo. Oigo cómo crujen los huesos. Primero los de los brazos, después los de las piernas. Finalmente acabo exhausto. Totalmente destrozado, física y psicológicamente.

El dolor me arranca alaridos quejumbrosos. Me siento como una masa de carne y huesos rotos. Una marioneta sin autonomía. Con la única esperanza de que me abrace una muerte que se hace de rogar.

Me levantan en vilo. El dolor se hace insoportable con cada sacudida. Oigo cómo se abre una puerta y a continuación me siento caer para estrellarme contra un colchón de bolsas sucias.

El hedor del lugar está bien concentrado. Los gases nauseabundos se abren paso entre las capas de inmundicia para rodearme y asfixiarme. Oigo lo siguiente:

- Ya puedes empezar a morirte. No me digas que no te hago un favor.

De pronto el estrépito de la puerta cerrándose de golpe. La oscuridad lo invade todo.

No tengo fuerzas ni medios para moverme un solo milímetro. Intento gritar, pero la mandíbula la siento desencajada, o tal vez esté rota. Únicamente puedo producir un gorgorito humedecido. Me agobio al tener que estar continuamente tragándome la sangre que me bulle desde la boca hacia los pulmones. Empiezo a toser sangre, mientras poco a poco noto cómo el metano me va asfixiando entre estertores.

Sí, en el fondo te estoy agradecido. Estar aquí agonizando es el mejor regalo que podrían haberme hecho nunca.

Sólo espero que yo ya esté muy lejos de aquí para cuando lleguen las ratas y los gusanos. 

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