Algo huele a podrido en el frigo
Me levanté bien temprano, con el estómago rugiendo. Abrí los cajones buscando esas chocolatinas de toffe y galleta que tanto me gustan. Pero nada, todo infructuoso, sólo encontré envoltorios vacíos. Mientras tanto la hiel comenzaba a subir por el esófago y empecé a notar la fatiga y los vahos de pestilencia saliéndome desde la garganta y dejándome la lengua como una zapatilla reseca y apestosa.
Algo apestaba, me acerqué al cubo de basuras y vi y aspiré la podredumbre
que exhalaban los restos de unas sardinas en descomposición. En ese momento no
pude más y poté sobre el frutero, impregnando naranjas, limones y manzanas con
esa sustancia mezquina, pastosa y viscosa a modo de eyaculación oral, como si
alguna glándula amigdalítica procesase tales fluidos blanquecinos. Como si
pudiese fertilizar a una hembra humana haciéndole un cunnilingus. Como si mis
besos supiesen salados y todo en mí apestase a semen en evaporación.
La oscuridad poco a poco empezaba a caer plomiza con el paso de los
minutos.
Pero lo que realmente apestaba venía de otro sitio. Me di la vuelta y miré
la figura blanquecina del frigo: majestuoso, pesado y codiciado. Algo dentro
estaba pasado, muy pasado. Y un reguero de sangre seca y oscura salía de la
rendija bajo la puerta blanca. Entonces me entró el pánico y me imaginé mil
cosas en mi cabeza: ¿Y si…? Dios ¡No! ¿Y si ha entrado un asesino en mitad de
la noche y… Mis padres, mis padres muertos, cortados en rodajas y guardados ahí
dentro. Pero se fueron hace unas horas, me dejaron una nota: “Hoy comes solo,
hay algo de fiambre en el frigorífico. Atentamente: _ _ _ _” (finalizan siempre
las notas como si las enviase el Ministerio de Hacienda).
Introduje los dedos en el hueco tirador, impregnándome los dedos con esa
sustancia, pero en ese momento oí una risilla congestionada que venía de
arriba. Entonces me dirigí a la escalera de madera, que siempre ha crujido un
montón, y le di al interruptor de la luz. Pero nada, nada nada… Estaba claro
que se fue la electricidad hace mucho tiempo, por eso se explicaba la horrible
pestilencia del frigorífico.
Tenía mucho canguelo. Porque quería saber qué había ahí arriba pero no me
atrevía a ir a oscuras. Entonces volví a escuchar unos ruidos, como de cajas
cayendo estrepitosamente, y una voz infantil tarareando una canción de patio de
juegos. Al final me decidí a subir, descalzo e intentando no hacer mucho ruido,
con el oído bien atento.
Al llegar arriba, a unos dos metros de mí escuché unas pisadas rápidas y
livianas que se acercaban al trote y cesaron de pronto. Me quedé en completa
inmovilidad, oyendo atentamente. Frente a mí, una respiración fuerte jadeaba,
enfermiza. Y cuando di dos pasos, tanteando el aire ante mí con mis manos, mis
dedos se toparon con algo muy desagradable: un cuerpo, frío, húmedo y
viscoso.
“¡¡¡¡HAHAHAHAHAHA!!!!” - Quien fuera el que se estaba pudriendo ante mí se
lo estaba pasando en grande, alimentándose de mi potente terror. Di varios
pasos atrás, tropecé y me clavé el pomo de una puerta en la columna vertebral.
Abrí, me metí dentro y cerré, sujetando bien fuerte el pomo para que lo que
estaba fuera no entrase, no entrase nunca nunca nunca.
La estancia olía a hierro caliente, podía paladearse incluso, como si
tuviera llagas en las encías y pudiera saborear la sangre que rezuma y
eclosiona de las ampollas.
“Hihihihihi…” - Una risilla de bufón sonó detrás de mí, en la misma habitación.
Entonces, esa vocecilla infantil y áspera me dijo: “Te estábamos esperando… ¡Al
fin viniste! ¡HAHAHAHA!”.
- ¿Qué queréis de mí? - le respondí, a la vez que hice de vientre y mis
esfínteres se dilataron y expulsaron los fluidos cálidos.
“¡Queremos! ¡Queremos ser tus amigos! ¡Sí!” - Toc toc toc - “¡Deja pasar a
Hediondo!, ¡Es un buen chico, aunque no tenga modales! ¡Supongo que te llevaste
un buen susto! (Más que nada lo digo por lo de la caquita) ¡¡HAHAHAHAHA!!”
Seguí aferrándome al pomo de la puerta intentando discernir en la opaca
oscuridad absoluta al ser que me hablaba. Podía sentir cómo desde fuera algo
intentaba abrir la puerta, y a duras penas podía contenerlo con la viscosidad
repugnante que tenía impregnada en las manos.
“Es inútil el esfuerzo, jovencillo, todo está escrito.”
- ¡¿Quiénes sois?! – vociferé aterrado, no había huída posible.
“Somos parte de ti, las voces en tu cabeza: La Disgregación Cósmica de tus
afectos, La Proyección Material de tus miedos. Por desgracia sólo quedamos dos,
Muerte y Demencia. A los demás los mataste hace mucho… ¡Pero hombre! ¡Déjale
pasar de una vez! ¡Está deseando conocerte!”
- ¿Por qué está todo tan oscuro?
“¿Por qué no debería estarlo? Tú no quieres vernos. Pero en cambio,
nosotros te vemos perfectamente ¡Cómo en un día soleado!”
- ¿Qué hay en el frigorífico?
“¡No quieras saberlo! ¡Algo apesta, algo apesta! ¡Seguramente sean pedos!
¡Pedos congelados! ¡El embargo perpetuo los expulsa, exudándolos al ambiente!
¡Sí!.”
Fuera se escuchó un berrido terrible, jadeos y eructos. Algo rallaba la
puerta desde fuera, como si se tratara de un animal, una bestia enloquecida.
- No quiero que esa cosa entre aquí, dile que se vaya.
“¡¡HAHAHAHAHA!! ¿Qué YO le diga que se vaya? ¡¡HAHAHAHAAHA!! Cof-Coooffff.
Eres más inocente de lo que suponía. No tengo ningún poder sobre él. Residimos
en tu cabeza. Recuerda. Has de saber que estás pasando por un duelo… Jugando a
la cuerda floja entre la vida y la muerte. Tú elijes, pero mejor baja y
compruébalo.”
- ¿Que compruebe qué?
“El origen de la pestilencia. Y no me refiero a que te olisquees las
axilas, ni metas la nariz bajo tu sucio pantalón de mocoso cagón.”
Entonces quise descubrir cómo era mi interlocutor, guiado por una
curiosidad extrema y primigenia. Abandoné la seguridad de la barrera que me
separaba de aquel cadáver, y me interné en el cuarto. A mi espalda oí cómo se
abría la puerta y unas pisadas se quedaron paradas en el rellano, como si la
figura observara mis movimientos (podía escuchar su fuerte respiración y su
risa contenida). Por la disposición de los bultos pude comprobar que era el
cuarto de mi hermano pequeño, muerto hace tiempo.
“¿Qué haces, a dónde vas? ¡Largo! ¡No me toques! ¡¡NO ME TOQUES, SUCIO
BASTARDO!! ¡Llevas la hiel en los labios! ¡Posees la mezquindad en su estado
más puro!”.
Trastabillé, con ambas manos por delante. Podía oír cómo eso huía de mí a
pasos pesados, haciendo mucho ruido. Resonaron los muelles de la cama. Pude oír
cómo algo caía a mi derecha, me incliné y toqué un cuerpo caliente, desnudo y
rechoncho, suave como la piel de un bebé, orondo y blandito. Se debatía entre
gritos lastimeros. Le toqué la cabeza y estaba totalmente calva, con grandes
orejas puntiagudas, la frente arrugada y los cachetes inmensamente sebosos.
Mientras gritaba sentí la humedad de las lágrimas en sus mejillas gordas y
calientes. Al final solté a esa mala bestia, que se apresuró a alejarse de mí
en rápidas zancadas.
“Esta afrenta no quedará sin castigo. ¡Considera un privilegio haberme
magreado vilmente! ¡A partir de ahora te las arreglarás tú sólo! ¡Adiós muy
buenas!”.
La voz se silenció, dejando una vibración subsónica residual que impregnaba
el ambiente y se percibía más en las tripas que en los tímpanos. Inmediatamente
el olor a hierro candente se tornó en la desagradable pestilencia de la
podredumbre lixivial.
“¡¡HAHAHAHAHAHAHA!!”. Tras de mí algo reía a carcajadas, y entre carcajada
y carcajada podía escuchar los estertores y jadeos de un moribundo. Sonaba como
en aquellos videos en los que le cortaban la cabeza a cuchillo al pobre diablo
de turno, que intentaba respirar con la tráquea cortada y lo único que podía
tragar era su propia sangre, directa a los pulmones.
Pero yo sabía que esa cosa repugnaba más allá de lo posible, y quería
alejarla de mí todo lo posible. Sólo con pensar que tendría que sobrepasarla
para poder salir de allí me provocaba una ansiedad terrible.
“Niño… Niño guarro… ¡¡HAHAHA!! Chi…”
Me dirigí hacia la salida y hacia ese demente revulsivo. Entonces sentí la
frialdad inmensa de unos dedos que se aferraron alrededor de mi cuello. La
fuerza que transmitía era muy poderosa, y notaba que me asfixiaba
inexorablemente, mientras esa horrible respiración me llegaba gélida en un
hálito inmundo y podrido. Me aferré con todas mis fuerzas a aquellas manos
gélidas y viscosas, intentando deshacer el nudo corredizo que me asfixiaba.
Entonces sentí cómo unos afiladísimos dientes se cerraban en torno a mi
mejilla, desgarrándome la carne. Grité y aullé. Esperando una ayuda que estaba
lejos de llegar.
Oí, sobre mis aullidos de dolor, cómo masticaba mi carne, y la cálida
sangre bulló y resbaló cuello abajo.
La anoxia iba llegando lentamente, una anestesia que iba aumentando a cada
segundo.
En un último impulso de supervivencia arremetí y propiné un rodillazo
contra su resbaladizo vientre. Mi rodilla se hundió en las vísceras, y pude
oír, en medio de ese torbellino de oscuridad plomiza y dolor, cómo sus tripas
caían al suelo haciendo un sonido horripilante y húmedo.
Al final conseguí quitarme esas infames manos de encima, y, apartando a ese
monstruo de mí, tanteé en busca de las escaleras mientras sentía cómo las
terribles uñas de esos dedos huesudos arañaban mi espalda intentando atraparme
de nuevo.
Trastabillé y me precipité escaleras abajo. Rodé y rodé golpeándome todo el
cuerpo con los peldaños de madera. A mitad del descenso encontré un punto de
apoyo, y en los siguientes escalones me deslicé dolorido hasta llegar
abajo.
Una luz titilaba en la cocina.
Me incorporé a duras penas, cojeando de una pierna y sangrando profusamente
de la cara. Sin duda tenía un brazo partido, astillado, que colgaba inerte y
dolía muchísimo.
Al entrar en la estancia capté de nuevo esa infame pestilencia, no la del
muerto de arriba, sino una más de tipo lixivial, menos densa, por decirlo de
algún modo, pero igual de repugnante.
Una vela estaba encendida sobre la encimera. Blanca, ancha y cilíndrica. El
suelo estaba encharcado en fluidos oscuros cuyo origen residía en el
frigorífico. Notaba las pisadas pringosas, y sonaba un “charf-charf-slurp” cada
vez que daba un paso.
Tras pensármelo unos minutos, observando esa estructura que guardaba un
terrible secreto, acumulé valor y abrí la puerta, lentamente.
La peste me azotó de lleno las fosas nasales. La hiel volvió a brotar
purulenta y sazoné la revulsiva sopa del suelo con mis fluidos estomacales.
Crema sobre mermelada.
Al principio no veía nada, así que cogí el cirio e iluminé el interior del
frigo. Lo primero que vislumbré fue un rostro machacado, de rasgos deformados
por los huesos rotos. Me observaba lastimero y con una mueca grotescamente
perturbadora. El cráneo estaba abierto y machacado, los sesos brotaban
dispersos como una masa gris y rosada. Alrededor de esa cabeza terriblemente
castigada se esparcían órganos viscerales encharcados en inmundicia. Podía distinguir
los intestinos, la gorda y oscura forma de un hígado, estómago y pulmones.
Restos de heces eclosionaban del intestino grueso, que se abría y fisuraba,
deteriorado por la putrefacción. Todo ello se hallaba en un charco de sangre
coagulada y descompuesta sobre la que crecía un moho denso y
verdoso-grisáceo.
Tras observar semejante atrocidad esperpéntica, algo llamó mi atención. De
entre la maraña sarnosa refulgía un brillo metálico. La llama estaba a punto de
extinguirse, así que inspiré y metí la mano, aferrando la pieza y acercándola a
la llama moribunda para verla mejor.
Entonces pude comprobar que se trataba de un reloj de sol anular, colgando
de una cuerda.
El mismo reloj de sol que yo mismo siempre he llevado al cuello y que
comprobé, descorazonadamente, que ya no poseía.
Mientras la llama agonizaba apagándose lentamente, algo en el interior del
frigorífico se movió con un sonido húmedo y viscoso, momento en que miré y pude
comprobar cómo esos ojos muertos estaban fijos en mí, y de sus horribles
facciones deformadas surgió una sonrisa insana y lunática.
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